Hoy es el Día Mundial de la Ecología 2026. Por eso, es un momento adecuado para abordar la importancia de los manglares y ecosistemas marinos, que son vitales para la salud oceánica y la estabilidad costera. Estos ecosistemas capturan dióxido de carbono y protegen el litoral de la erosión. Mantienen la biodiversidad y ofrecen alimento y refugio a especies marinas. Su conexión es crucial, potenciando el intercambio de materia y energía en las redes alimentarias. No obstante, el ascenso del nivel del mar, la contaminación y la urbanización costera amenazan su futuro y sus beneficios.

Los manglares son bosques costeros tropicales y subtropicales. Se desarrollan en estuarios, deltas y bahías protegidas. Sus árboles se adaptan a suelos inundados y a la salinidad variable. Sus raíces estabilizan sedimentos, mitigan la fuerza de las olas y refugian a peces, crustáceos y moluscos. Destaca su rol en el secuestro de carbono azul. Este proceso es la captura y almacenamiento de carbono en ecosistemas costeros y marinos. Los manglares absorben dióxido de carbono por fotosíntesis. Almacenan carbono en madera, raíces y sedimentos. La baja oxigenación en suelos inundados desacelera la descomposición orgánica. Esto ayuda a conservar el carbono por más tiempo.

En 2020, la FAO estimó 14,8 millones de hectáreas de manglares globalmente. Es importante considerar diferencias metodológicas en las comparaciones actuales. A pesar de las cifras, la pérdida y degradación persisten en varias zonas. Estos bosques también regulan el clima y protegen las costas de la erosión. Son zonas de reproducción y cría para especies importantes. Su pérdida implica la desaparición de reservas de carbono, biodiversidad y protección costera.

El ascenso del nivel del mar representa un gran desafío para los manglares. Estos bosques requieren un delicado equilibrio. Necesitan una armonía entre las inundaciones, la acumulación de sedimentos y el crecimiento de sus raíces. Si el mar sube muy rápido, los árboles sufren inundaciones prolongadas. Esto altera la salinidad y la oxigenación del suelo. Un estudio sobre bosques de Kandelia obovata investigó el carbono y la hojarasca. Analizó el nivel actual y subidas de 40 y 80 centímetros. Estos aumentos se asociaron a plazos de 100 y 200 años.

Los escenarios sirven para comparar respuestas ecológicas. No son predicciones globales del nivel del mar. La investigación reveló que más del 68% de la hojarasca se exportaba por las mareas. Esta proporción bajaba al crecer el nivel del agua. La retención de residuos vegetales en el manglar aumentaba. La actividad de cangrejos y la descomposición microbiana disminuían. No obstante, una mayor retención de materia orgánica no garantizaba más carbono almacenado. El balance total dependía de la productividad vegetal. También influía la acumulación de carbono orgánico en los sedimentos.

El estudio indicó una baja del secuestro neto de carbono. Descendería en 2,48 toneladas por hectárea y año con una subida de 40 centímetros. La reducción sería de 4,21 toneladas con 80 centímetros de aumento. Estas cifras son específicas del sistema analizado. No se deben generalizar a todos los manglares. Cada bosque reacciona distinto según su especie, sedimentos, topografía y ritmo del mar. Los hallazgos resaltan la necesidad de proteger estos ecosistemas. Es vital permitir su expansión tierra adentro, si es posible.

Los pastos marinos son plantas con flores totalmente sumergidas en agua salada. A diferencia de las algas, tienen raíces, rizomas y hojas. Prosperan en fondos marinos poco profundos con luz solar. Forman praderas que ofrecen refugio, alimento y zonas de cría. Benefician a peces, moluscos, crustáceos y tortugas marinas. Son clave en la captura de carbono azul. Absorben dióxido de carbono por fotosíntesis. Esto ayuda a acumular materia orgánica en los sedimentos. Sus hojas reducen la velocidad de las corrientes. Favorecen así la deposición de partículas. Sus raíces y rizomas estabilizan el fondo marino.

La Posidonia oceanica es notable en el Mediterráneo. Sus praderas mejoran la calidad del agua y protegen los fondos. En zonas tropicales, especies como Halophila beccarii crean pequeñas praderas importantes. La situación de estos hábitats es alarmante. Un estudio de Nature en 2026, usando imágenes satelitales, encontró 148.506 km² de pastos marinos. Observó una pérdida de 5.969 km² entre 2019-2020 y 2023-2024. Esto representa el 4% de la superficie inicial. También notó que 6.221 km² de cobertura densa se volvieron dispersos.

Solamente el 21% de la zona estudiada estaba protegida. Estos datos cubren el área investigada; no son un censo global. Las amenazas principales son: contaminación, exceso de nutrientes, obras costeras, dragado y el fondeo de embarcaciones. El calentamiento del agua también las perjudica. Menos transparencia del agua reduce la luz solar. Las plantas pierden su capacidad fotosintética. Su desaparición disminuye la estabilidad de los sedimentos. Además, puede liberar el carbono almacenado.

La interdependencia entre ecosistemas se manifiesta claramente al faltar una especie clave. La relevancia de manglares y pastos marinos va más allá de sus funciones individuales. Su conexión permite redes alimentarias más ricas. Ofrecen a los organismos diversas fuentes de alimento. Un estudio en un estuario tropical de Hainan, China, lo demostró. Comparó un sistema con manglares y pastos marinos. Lo contrastó con otro solo de manglares. Usando análisis de isótopos estables, se exploró el origen del carbono y las cadenas alimentarias. El sistema conectado mostró más fuentes de carbono. Incluía el pasto marino Halophila beccarii, macroalgas y algas sobre plantas. También materia orgánica en suspensión, sedimentos y restos de manglares.

Los consumidores utilizaban estos recursos en variadas proporciones. Esto indicó múltiples transferencias de energía. Se observó una mayor redundancia trófica potencial. Implica que varias vías alimentarias sostienen la red. Esta diversidad, sin garantizar resiliencia absoluta, reduce la dependencia. Disminuye la necesidad de los organismos de una única fuente. En el sistema solo con manglares, muchos consumidores dependían más de recursos específicos. El estudio concluyó que es prioritario conservar los hábitats conectados. Esto incluye las praderas pequeñas de Halophila beccarii. Es esencial para el buen funcionamiento de las redes alimentarias estuarinas.

El futuro de estos ecosistemas en las próximas décadas depende de los cambios climáticos. También depende de las decisiones de protección costera. Los manglares requerirán espacio para moverse tierra adentro al subir el mar. Esto es posible si la topografía y el uso del suelo lo permiten. Es vital preservar los flujos de mareas y la llegada de sedimentos. Para los pastos marinos, es crucial reducir vertidos urbanos y agrícolas. Controlar la turbidez y limitar daños de embarcaciones. Evitar alteraciones del fondo ayudará a conservar las praderas.

La restauración debe adecuarse a las especies locales y condiciones específicas. La recuperación vegetal no garantiza el restablecimiento inmediato de todas las funciones. Es imprescindible proteger los corredores naturales. Estos unen manglares, praderas submarinas, estuarios y otros hábitats. La conservación debe considerar la superficie protegida y el carbono. Pero también la biodiversidad y las interrelaciones que permiten el funcionamiento conjunto. Manglares y pastos marinos son esenciales contra el cambio climático. Son clave frente a la pérdida de biodiversidad.

Los estudios revelan que el aumento del nivel del mar afecta el carbono de los manglares. Además, la conexión entre hábitats enriquece los recursos alimentarios. Protegerlos significa resguardar reservas de carbono naturales. Implica mantener la productividad marina y fortalecer la protección costera. Su porvenir está en nuestra mano. Debemos reducir las presiones que los degradan. Es fundamental entender que conservar un hábitat costero implica preservar sus vitales conexiones.